miércoles 11 de noviembre de 2009
Piñatas navideñas
Creo que no existirá ocasión en que vea este video y no me haga sonreír. Momentos realmente felices. Llenos de familia y, carajo, dulces.
miércoles 4 de noviembre de 2009
Two minute rule

Hoy les quiero compartir, queridos lectores (con introducción cliché y toda la cosa) , una regla para la vida cotidiana que me ha hecho dar un paso hacia adelante en ese difícil proceso de eliminar mi desidia: la regla de los dos minutos o two minute rule.
Esta regla aparece en el libro "Getting things done" (o GTD, para fines prácticos, get it?) de David Allen, quien condensa el arte de la productividad libre de estrés en algunos métodos sencillos, y nos comparte reglas como la de los dos minutos con el fin de darle una cachetada en la carota a personas ociosas y flojotas como yo. Porque si algo es cierto, señores, es que ese ahorita lo hago no llega nunca.
La regla de los dos minutos es sumamente sencilla y consiste en lo siguiente: si alguna tarea te toma dos minutos o menos, hazla inmediatamente sin pensarlo. Así de simple. Pero Zamara, ¿no te das cuenta de que la fuente de nuestro estrés no son las tareas facilitas sino los enormes y tediosos ensayos de la escuela, o el cesto gigante de ropa que tiene que ser lavada? Lo sé, podría parecer ingenuo el pensar que la eliminación de estas tareas pequeñas nos puede dar algo de alivio, sin embargo es cierto. Si dejamos de evadir deberes como lavar los platos, enviar un correo, regar las plantas, tender la cama, organizar algún folder en la computadora, etcétera, se esfumará esa sensación de que vivimos rodeados de un caos que nosotros mismos construimos y la típica frase de "tengo un putero de cosas que hacer" será cosa del pasado.
Pruébenla aunque sea un día y les garantizo que se sentirán mejor. Aunque ese ensayo siga sin redactarse y el cesto de ropa siga engordando. ¿Quién se anima a aplicar la two hour rule?
martes 3 de noviembre de 2009
jueves 15 de octubre de 2009
La luz se balancea y etcétera
La luz se balancea iluminando, un tiempo sí, un tiempo no, el cuerpo descuartizado de la mujer, mientras el comandante Ramírez me pregunta por qué siempre le tocan los casos más inverosímiles. ¿Por qué siempre me tocan a mí estas marranadas, López? No lo sé, mi comandante. Pero lo hecho, hecho está, y nuestro trabajo es ponerlo en orden, le digo con un tono consolador. El comandante me ordena que detenga el oscilar de la lámpara que cuelga del techo de aquel ático empolvado en el que nos encontramos. En el acto, el foco revienta y el comandante Ramírez, la mujer rompecabezas y yo quedamos en la plena oscuridad de aquella noche de verano. El comandante suspira. Lo que me faltaba. ¿No trae una linterna, López? No, señor, la he olvidado en la patrulla. Pues tendremos que esperar a que lleguen los del servicio forense. Entonces Ramírez y yo nos quedamos de pie, esperando a los del servicio forense. La casa cruje, afuera una humedad sofocante baña la calle y acá adentro el comandante desespera. Si me permite aclarar algo, López, ciertamente pienso que nos encontramos suspendidos en una invención. Mi vida, nuestras vidas, y de eso se dará cuenta muy pronto, ya no pueden ser menos que una novela policiaca. Lo del foco, señor, es sólo una casualidad, le digo después de tragar saliva con dificultad. No, López, yo dejé de creer en las casualidades hace mucho. ¿Qué soy? Un detective. Y un detective experimentado, ni menos ni más. Estas cosas no deberían ocurrir si abogáramos por la verdad. El crimen, es decir, el asesinato posee grados de ficción, se lo aseguro, López. Quien concibe la idea de acabar con la entereza de algo que late y respira niega también una fracción de la realidad. Se burla de ésta y juega un rato a la omnipotencia. Una mujer que da a luz engrandece el espectro de lo existente, pues le suma un ser pensante, cargado de su propia porción de realidad. Sin embargo, quien mata borra a su vez una parte de la verdad que construye al mundo que habitamos. Morir, de cierto modo, es llevarnos a la tumba nuestros méritos y aportaciones a esta sistemática edificación. El asesino sabe que somos muchas mentes fabricando la realidad, el asesino cree fervientemente que esa realidad puede alterarse en la medida en la que las existencias se manipulen. Algo de ficticio hay en esta manipulación, en el asesinato. ¿Y quién soy yo? Un detective. Un detective resignado a habitar la historia que día con día redactan los criminales de esta ciudad en blanco. Yo ya no tengo saliva que tragar, permanezco en silencio. Si asentí o negué mientras el comandante Ramírez hablaba, eso jamás lo sabré. Un par de luces tenues aparecen en la puerta, escucho las voces de los forenses y, a su vez, ellos escuchan la voz del comandante que, con un tono enteramente distinto al del previo discurso, enlista instrucciones. López, creo que su trabajo en la escena del crimen ha terminado, puede irse a descansar, pero quiero el reporte mañana a primera hora. Que pase buena noche. Murmuro algo a manera de despedida y salgo del ático. Mientras bajo las escaleras y me dirijo hacia la entrada, enciendo un cigarro. Las manos me tiemblan y afuera la humedad aún empapa la noche. Mañana a primera hora parece tan lejano.
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