Se sube con un maletín llenísimo, a punto de desparramar el contenido. Se sienta apresuradamente frente a mí, el camión arranca. Su falda se cubre con el enorme saco de poliéster, lleva tacones plateados desgastados, pareciera que la máscara de maquillaje se le ha movido medio centímetro a la izquierda de la cara. Desabrocha el maletín y parece que éste suspira de alivio. Comienza el espectáculo.
La loca saca un cuaderno y una pluma, comienza a hacer cuentas con los dedos y a anotar desesperadamente las cifras. Juega a ser la mujer de negocios, exitosa ninfa del nuevo milenio. Se aburre y entonces cambia de página. Ahora tararea y entona, corrige y repite. Escribe con inseguridad las letras de una canción que toma forma en sus labios al momento. Juega a ser la cantautora del amor, artista de alas melódicas. Se enfada y cambia nuevamente de página.
Ahora anota “pan, leche, huevos” y entorna la mirada para recordar lo demás. “Jabón, azúcar, raid matabichos”, la lista sigue. Juega a ser la ama de casa, previsora del cataclismo y el vacío, la madre preocupada, la señora. Se aburre de ese papel y da vuelta a la página. La arranca, la dobla una y otra vez. Sus uñas con esmalte térreo, sus diez perlas, se mueven con precisión. Juega a la papiroflexia, a la reflexión máxima, a la flexibilidad del axioma, al extremo exterminio del éxito, al saxofón del sexo, al México, Méjico, Mécsicou. La loca extiende el cuaderno y mira por la ventana los cerros, los barrancos y el resto de los montones de polvo. Comienza a analizar ángulos y perspectivas, sombras y líneas. Dibuja el panorama y hace un gesto predecible. Juega a ser la paisajista del planeta, la del ojo distorsionado y la mano temblorosa.
Se aburre de nuevo y esculca su maletín, ahora enteramente abierto. Saca una revista y la hojea. Suspira al ver los rostros de los famosos. Juega a ser la adolescente caprichosa, el botón sin rocío. Guarda la revista, guarda la pluma y, finalmente, guarda el cuaderno con todas las cuentas, las canciones, las listas y los bosquejos. El maletín engorda otra vez. Saca el Nuevo Testamento, lo lee con detenimiento. Suspira al ver los nombres del resto de los famosos. Juega a ser el cordero que lame al pastor, a ser Eva, a ser manzana y serpiente en todas las gargantas.
Sigue leyendo el Nuevo Testamento, sigue. El chofer discute con el camionero de al lado. Y yo, mientras la miro de reojo y escribo en mi libreta desgastada, ¿a qué estoy jugando?
La loca saca un cuaderno y una pluma, comienza a hacer cuentas con los dedos y a anotar desesperadamente las cifras. Juega a ser la mujer de negocios, exitosa ninfa del nuevo milenio. Se aburre y entonces cambia de página. Ahora tararea y entona, corrige y repite. Escribe con inseguridad las letras de una canción que toma forma en sus labios al momento. Juega a ser la cantautora del amor, artista de alas melódicas. Se enfada y cambia nuevamente de página.
Ahora anota “pan, leche, huevos” y entorna la mirada para recordar lo demás. “Jabón, azúcar, raid matabichos”, la lista sigue. Juega a ser la ama de casa, previsora del cataclismo y el vacío, la madre preocupada, la señora. Se aburre de ese papel y da vuelta a la página. La arranca, la dobla una y otra vez. Sus uñas con esmalte térreo, sus diez perlas, se mueven con precisión. Juega a la papiroflexia, a la reflexión máxima, a la flexibilidad del axioma, al extremo exterminio del éxito, al saxofón del sexo, al México, Méjico, Mécsicou. La loca extiende el cuaderno y mira por la ventana los cerros, los barrancos y el resto de los montones de polvo. Comienza a analizar ángulos y perspectivas, sombras y líneas. Dibuja el panorama y hace un gesto predecible. Juega a ser la paisajista del planeta, la del ojo distorsionado y la mano temblorosa.
Se aburre de nuevo y esculca su maletín, ahora enteramente abierto. Saca una revista y la hojea. Suspira al ver los rostros de los famosos. Juega a ser la adolescente caprichosa, el botón sin rocío. Guarda la revista, guarda la pluma y, finalmente, guarda el cuaderno con todas las cuentas, las canciones, las listas y los bosquejos. El maletín engorda otra vez. Saca el Nuevo Testamento, lo lee con detenimiento. Suspira al ver los nombres del resto de los famosos. Juega a ser el cordero que lame al pastor, a ser Eva, a ser manzana y serpiente en todas las gargantas.
Sigue leyendo el Nuevo Testamento, sigue. El chofer discute con el camionero de al lado. Y yo, mientras la miro de reojo y escribo en mi libreta desgastada, ¿a qué estoy jugando?
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